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Pedro Páez
El misionero que descubrió las fuentes del Nilo Azul

Después de una dura jornada por el gran wadi la caravana se adentra en el recinto amurallado de una ciudad de adobe y llega a su destino, el palacio del sultán. Las mercancías son transportadas inmediatamente de la grupa de los camellos a las bodegas por esclavos de tez tan negra como el betún y gran talla. Entre tanto dos personajes de cara pálida observan la escena desde una esquina del patio, protegidos del polvo por sus hábitos raídos. Una enérgica voz en árabe les hace ponerse en movimiento: el sultán les reclama en su salón privado inmediatamente. Los dos occidentales, pese a la relativa libertad de la que gozan, no pueden olvidar que son cautivos y deben obediencia al señor de la ciudad. Con lentitud a causa del calor suben la empinada escalera que les conduce al mafrax, en el último piso de la casa en forma de torre. Allí, recostado sobre unos almohadones junto al ventanal, tocado con un gran turbante, el gobernador olfatea una pequeña taza humeante antes de llevársela a la boca. Cuando ve a los frailes, pues esa condición tienen los dos cautivos, les invita a pasar y sentarse a base de gestos desmesurados, y un sirviente les acerca un par de tazas similares a la suya. Contienen una pequeña cantidad de un brebaje negro y de olor intenso; el sultán les pide que lo prueben y ellos lo hacen a pequeños sorbos, un tanto desconfiados. La extraña bebida se llama “cahua” o “cafua”, les dice, y tiene sabor agradable, aunque un tanto amargo.

La escena transcurre aproximadamente en 1592, en alguna ciudad del wadi Hadramaut, en Yemen, y los sorprendidos occidentales son dos jesuitas apresados por los turcos en 1590, cuando viajaban desde la colonia portuguesa de Goa, en la India, hacia occidente intentando llegar a las costas de Etiopía. Los dos son españoles, uno se llama Antonio de Montserrat, y el otro Pedro Páez, castellano para más señas. Gracias a éste último y a las crónicas que escribió sobre sus viajes conocemos, entre otras muchas cosas, este episodio, el primer encuentro de un occidental con el café del que se tiene noticia.

Seiyun, wadi Hadramaut (Yemen)

Pedro Páez Jaramillo, nació en 1564 en Olmeda de las Cebollas, el actual Olmeda de las Fuentes (Madrid). Vivió su vocación jesuítica como un impulso para llevar la fe a los lugares más apartados, imbuido por el espíritu misionero de San Ignacio y San Francisco Javier, pero incorporando a ello un afán aventurero y un dominio de la diplomacia que le hizo lograr una de las vivencias más fascinantes que ser humano alguno, de su época e incluso de la actual, pudiese imaginar. Después de muchas vicisitudes consiguió llegar a Etiopía, y allí no solo mantuvo en pié la pequeña misión que los jesuitas habían instalado varios años antes, sino que se granjeó la confianza del rey etíope y logró su conversión al catolicismo, y por ende la de todo el país, al menos de manera oficial. Hay que hacer un importante esfuerzo para recrear como debía ser la vida de un occidental en el corazón de África en el siglo XVI, pero no cabe duda de que sería durísima. Pensar en una pequeña comunidad de jesuitas rodeados de gentes coptas a las que tratan de atraer a la fe de Roma, en unas condiciones climáticas muy difíciles y rodeados de peligros de todo tipo, sorprende e incluso asombra bastante. Aunque reflexionando con un poco de calma, quizá las condiciones de vida del reino etíope no fuesen tan diferentes en esos tiempos de las habituales en la Castilla de la época. Es posible que la gran diferencia que ahora existe sea más un fruto de nuestro siglo.

Las fuentes del Nilo Azul

Había llegado a la misión de Goa solo cuatro años antes, en 1588, y allí fue designado por su orden para viajar a Etiopía junto a Antonio de Montserrat gracias a su gran habilidad diplomática y a su espíritu aventurero. Los jesuitas tenían en la altiplanicie etíope una pequeña misión, fruto de los avances coloniales portugueses, pero para entonces los esforzados misioneros llevaban aislados del mundo occidental varios años. En ese tiempo la corona española, que bajo Felipe II englobaba Portugal y todas sus colonias, andaba enfrascada en la guerra con los turcos, y estos, para minar el comercio por las rutas portuguesas del Indico, bloqueaban el paso de las naves junto a las costas del este africano y al sur de la Península Arábiga. Las escasas noticias que llegaban de Etiopía hablaban de un reino cristiano, copto, que solía asimilarse al mítico reino del Preste Juan. En la corte española alguien debió sugerir el plan de intentar un cerco al infiel contando con la alianza de esos cristianos del sur, para lo cual era imprescindible entrar en contacto con el rey negro, y nadie mejor que los atrevidos jesuitas, bien preparados y dispuestos, para llevar a cabo la misión discretamente. Por esa causa los misioneros recibirían un doble encargo: relevar a sus compañeros en el aislado enclave de la meseta etíope donde resistían desde hacía años, y llevar un mensaje al rey etíope en nombre del Papa.

Pedro Páez y su compañero partieron de Goa hacia la Península Arábiga en 1589, pero fueron apresados por una nave turca al inicio de 1590 y vendidos en Yemen como esclavos. En su nueva condición recorrieron el wadi Hadramaut a pié y vivieron durante algún tiempo en Sanaa y Moca. Las notas que Páez escribió durante los seis años de cautiverio son el primer documento de descripción del Yemen escrito por un occidental que ha llegado hasta nuestros días. Durante ese tiempo entre otras cosas conocieron la extraña bebida negra que los yemenitas tomaban, el café.

Una vez liberados en 1595 ambos regresaron a Goa, donde pronto se consideró que debía intentarse de nuevo la aventura de Etiopía. En este caso el viaje tuvo éxito, y después de sortear el bloqueo turco, en 1603 Páez y otros hermanos de la orden (Antonio de Montserrat había muerto al poco de regresar a Goa) llegaban a la costa etíope, al enclave de Massawa, una vieja colonia portuguesa sometida cada cierto tiempo al bloqueo turco. El primer objetivo fue alcanzar la misión jesuita en Fremona, en el interior, y una vez instalados allí Páez comenzó las tareas de reconstrucción y afianzamiento del enclave católico. La situación no era fácil, pues durante muchos años los portugueses habían sido vistos como unos intrusos, y los misioneros como unos rivales que pretendían entrometerse en los asuntos religiosos del país. Hay que mencionar el hecho de que tropas portuguesas habían intervenido en las disputas dinásticas etíopes años antes, y que todos los misioneros eran tomados por portugueses, pues entre ellos hablaban esa lengua y bajo esa bandera habían llegado por primera vez a Etiopía. No en vano la casa madre de la misión jesuítica era Goa, y el avance en territorio africano se había producido de la mano de los exploradores portugueses.

Pese a todo, Páez no tardó en entrar en contacto con el rey etíope, Za Dengel, venciendo pronto las numerosas reticencias que la corte tenía hacia los monjes gracias a su diplomacia y al respeto que mostraba con las creencias y costumbres locales. En poco tiempo había aprendido amárico y ge’ez, las principales lenguas de Etiopía, lo que le facilitó mucho el trato con los etíopes y el conocimiento de sus costumbres. Las relaciones con el rey se hicieron tan fuertes que el jesuita logró la conversión del monarca al catolicismo. Sin embargo la precipitación de éste al intentar imponer su nueva fe en todo el país, pese a los consejos de Páez, provocó una revuelta que acabó con su vida.

Los restos de la iglesia de Pedro Páez en Górgora

El nuevo gobernante, Susinios Segued III ocupó el trono en 1605 y pronto llamó al culto jesuita a su lado en la corte. Impresionado por sus dotes intelectuales decidió otorgar beneficios y tierras a los monjes católicos. Las nuevas tierras estaban en la península de Górgora, en la orilla norte del lago Tana, y allí Páez seleccionó una zona para levantar una nueva misión y una gran iglesia de piedra. Mientras dirigía las obras de la nueva iglesia, diseñada por él, mantenía un contacto frecuente con el emperador, de quien era una especie de consejero privado. Escarmentado por las consecuencias tan lamentables de la conversión de Za Dengel, procuró actuar con tiento y prudencia en materia religiosa, y aunque su cometido principal era la evangelización, como el de todos los misioneros, prestó gran atención a conocer la cultura etíope y a acompañar al emperador por todo el país sin hacer causa especial de las disputas espirituales.

Fueron unos años de paz y prosperidad en Etiopía, aprovechados por Páez para intentar poner en contacto al monarca africano con los gobernantes europeos, y para ello se enviaron cartas a España y a Roma. Sin embargo las comunicaciones diplomáticas, siempre vigiladas de cerca por los turcos, no fructificaron. Durante este tiempo la nueva misión en Górgora se convirtió en el centro jesuítico principal, a la vez que la iglesia alcanzaba un aspecto monumental bajo la dirección del español. En los viajes con Susinios por el país Páez anotaba todo lo que visitaba y ese material lo usó después para escribir una “Historia de Etiopía”. En uno de esos viajes se produjo el hecho más notable desde el punto de vista geográfico: la visita de las fuentes del Nilo Azul.

Para Páez el hecho no tiene trascendencia ninguna, por cuanto era un lugar conocido de sobra por los etíopes y él lo único que hace es verlo y tomar oportuna nota. ¡Que comportamiento tan diferente al de tiempos posteriores! No se arroga el descubrimiento de nada a pesar de que si la noticia hubiese llegado a las cortes occidentales se habría considerado algo excepcional. Nadie procedente de Europa había llegado a las fuentes de Nilo Azul antes, o al menos no lo había contado. No existe noticia alguna de un hecho semejante antes del siglo XVI. Algunos historiadores de la colonización portuguesa indican que el capitán Joao Gabriel, al frente de un pequeño destacamento portugués que intervino en las guerras civiles etíopes un tiempo antes, habría podido alcanzar el lugar donde nace el gran río, pero solo son especulaciones pues este militar, amigo de Pedro Páez, no dejo ningún documento escrito. Quizá su experiencia pudo servir al español en su propio viaje. El caso fue que nuestro personaje, en 1618, tal vez recorriendo las regiones próximas al lago Tana, llegó a uno de los reinos que formaban parte del imperio de Susinios: el reino de Gojam, según narra en el Libro I de su obra. Allí, en una región llamada Sahala, se encuentra un pequeño vallecito donde nace el gran río.

Así veía Ptolomeo el Nilo, con sus diversas fuentes.

 


 “Está la fuente casi al Poniente de este reino, en la cabeza de un vallecito que se forma en un campo grande, y el 21 de abril de 1618 que llegue a verlo, no parecía más que dos ojos redondos de cuatro palmos de largo (...) Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César”.

 

Historia de Etiopía, I, cap, XXVI


Las pequeñas lagunas que bullían repletas de agua ante Páez cual manantial inagotable empantanaban la ladera inmediata y el agua se recogía en una surgencia unos metros más abajo, según narra él mismo, dando así origen al río como tal. Con ánimo desapasionado pese a ser consciente de estar ante el nacimiento de uno de los brazos principales del gran río, describe con cierta parquedad el curioso curso que toma el agua, primero a oriente, luego al norte como si hubiese encontrado su camino hacia el mar, para cambiar de nuevo al este y entrar con fuerza en el lago Tana, donde se remansa un tanto. Abandona por el sur la gran laguna y va aumentando su caudal hasta dejarse caer por las cataratas de Tisisat, de las que Páez incluso calcula anchura y altura. Como si se tratase de un geógrafo avezado consigna en su libro los lugares que va atravesando el río mientras se adentra por gargantas estrechas, hasta que definitivamente se orienta al norte siguiendo imparable hacia su destino a través del gran desierto.

el Nilo Azul poco después de salir del lago Tana

Las cataratas del Nilo Azul poco después de salir del lago Tana (Etiopía)

En esos años de viajes por el territorio de Susinios la confianza de éste en el jesuita español fue creciendo hasta tal punto que le encargo edificar un palacio en las inmediaciones del lago Tana. Páez demostró en ello otra más de sus numerosas habilidades, y proyectó y dirigió las obras de un gran edificio de piedra de dos plantas. La influencia sobre Susinios se vio plasmada, finalmente, en la conversión oficial de éste al catolicismo en 1622 y el inicio de la transformación de la corte de los rituales coptos a los católicos, pese a las reticencias de Pedro Páez. Mientras tanto la vida de los jesuitas se había repartido entre la misión de Fremona y la de Górgora, pero siempre con la austeridad y la prudencia propugnadas por el español, quien además de otras actividades, tuvo tiempo de escribir su obra de historia, redactada en portugués, y aún hoy no publicada en español.

Cuando poco después comenzaron los disturbios a causa de las diferencias insalvables entre coptos, celosos del poder de la nueva religión del emperador, y católicos, Pedro Páez no llegaría a sufrirlos, pues murió en mayo de ese mismo año. Fue enterrado en Górgora.

Lamentablemente durante los siguientes 10 años toda la obra del jesuita español se desmoronó, sobre todo a causa de la restauración del culto copto como religión oficial y las venganzas hacia los misioneros. Las edificaciones de Górgora se abandonaron y hoy día son un puñado de ruinas en las cercanías del lago Tana. El enrevesado cauce del Nilo permanece y el río continúa su viaje impasible ante la destrucción de las obras y.el olvido de quien lo describió con todo rigor para los ojos de los europeos.


Jesús Sánchez Jaén
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Nota: El fragmento citado de la obra de Páez está extraído del libro de Javier Reverte, "Dios, el diablo y la aventura".

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