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La travesía del Wadi
Rum
"Cabalgábamos
en dirección a Rumm, los abrevaderos septentrionales de los Beni Atiyeh,
un lugar que excitaba mis pensamientos pues hasta los pocos sentimentales
Houeitat me habían dicho que era bello. Penetraríamos allí
por la mañana (...)
Apenas había
despuntado el día ya cabalgábamos, entre dos grandes cimas
de piedra arenisca, hasta el pie del largo y suave declive que arrancaba
de las cúpulas montañosas que emergían frente a nosotros.
todo estaba cubierto de tamariscos. Era, decían, el comienzo del valle
de Rumm. Miramos hacia la izquierda, en dirección a un largo muro
rocoso que se arqueaba como una ola de trescientos metros hacia el centro
del valle. El otro arco, a mano derecha, estaba constituido por una línea
opuesta de empinadas montañas rojizas. Ascendimos por el declive,
abriéndonos paso a través de la quebradiza maleza.
A medida que marchábamos,
los arbustos se fueron agrupando en matorrales cuyas hojas adquirían
un tinte verde más puro por contraste con las parcelas de arena, de
un alegre y delicado color rosa. La pendiente era cada vez más suave,
hasta que el valle se convirtió en un confinado corredor. Las sierras
a mano derecha se hicieron más altas y pornunciadas, perfecta réplica
del otro lado, que se erguía formando una maciza muralla bermeja.
Ambos lados se mantenían paralelos, separados sólo por una
distancia de cuatro kilómetros, y luego, sobresaliendo gradualmente
hasta que sus parapetos quedaban a unos trescientos metros de altura por
encima de nosotros, avanzaban por una avenida de muchos kilómetros
de longitud.
No eran uniformes
muros rocosos, sino que estaban construidos en diferentes secciones, en despeñaderos
parecidos a gigantescos edificios, a ambos lados de esta calle. Profundos
pasadizos de veinte metros de anchura dividían los despeñaderos,
cuyos planos había trabajado el tiempo formando ábsides y entradas,
y enriqueciéndo- los con tallas y hueco-relieves. Las cavernas, que
se abrían a gran altura sobre el precipicio, eran redondas como ventanas:
otras, cerca del pie, se abrían como puertas. Manchas oscuras se desparramaban
por la sombreada fachada en una extensión de centenares de metros,
como accidentes producidos por el uso. Los riscos estaban estriados verticalmente
con su masa de roca granular; generalmente descansaban sobre setenta metros
de una piedra más oscura y de contextura más apretada. A diferencia
de la piedra arenisca, este plinto no colgaba en pliegues, como una tela,
sino que se decantaba en movedizas salientes horizontales que recordaban
la base de un muro.
Los riscos terminaban
en cúpulas, de un rojo menos ardiente que el resto de la montaña;
más bien grises y apagadas. Estas cúpulas daban, a este irresistible
lugar, a esta vía religiosa que superaba toda imaginación,
la última apariencia de una arquitec- tura bizantina. Los ejércitos
árabes se habrían perdido en su amplitud y una escuadrilla
de aviones habría podido volar en formación dentro de sus muros.
Nuestra pequeña caravana intimidada quedaba envuelta en un silencio
mortal, asustada y avergonzada de ostentar su pequeñez en presencia
de tan maravillosas sierras. (...)
Aquel día
cabalgábamos durante muchas horas mientras las perspectivas se hacían,
según un plan ordenado, mayores y magníficas, hasta que una
brecha abierta súbita- mente en un risco a mano derecha nos brindó
una nueva maravilla. Esta abertura, de acaso trescientos metros de ancho,
era como una grieta en el muro y conducía a un anfiteatro de forma
ovalada y escasa altura en la parte delantera, pero muy elevado a ambos lados.
Las paredes eran precipicios, como todos los muros de Rumm, pero parecían
aun mayores, pues el foso se encontraba en el corazón mismo de una
colina y su pequeñez hacía abrumadoras las alturas circundantes.(...)
CAPITULO
LXIII
(...) Durante el ocio a que le condenó nuestra ausencia, Lewis había
explorado el risco y había traido la noticia de que los manantiales
eran excelentes para un baño. Así pues, para limpiarme del
polvo y de la tensión que me habían producido los largos viajes,
fui directamente a la hondonada que se abría frente a la montaña,
a lo largo del ruinoso muro por el que un canalón de agua se había
precipitado antaño, después de deslizarse por los bordes, sobre
un pozo nabateo a ras del suelo del valle. Era una ascensión de quince
minutos para una persona fatigada y no resultaba difícil. En la cima,
la cascada, el Shellala, como la llamaban los árabes, estaba sólo
a unos metros de distancia.
El ruido que producía
la caida torrencial llegó hasta mis oídos desde la izquierda,
donde sobresalía un bastión sobre cuya fachada enrojecida se
arrastraban largas grímpolas de verdes hojas. El sendero lo bordeaba
por una socavada prominencia. Sobre la combada roca resaltaban unas inscripciones
nabateas y una superfície donde estaba grabado un monograma o símbolo.
Alrededor y encima se divisaban inscripciones árabes, incluso marcas
tribales, testimonio de olvidadas migraciones..."
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Thomas Edward
Lawrence
Antes
de alistarse en el ejército inglés para participar en la campaña
de Afríca de la Primera Guerra Mundial, Thomas Edward Lawrence ya
había visitado Oriente Próximo y había estado en con-
tacto con el mundo árabe a causa de su interés por la Arqueología
y la Historia. Se había doctorado en Historia en Ox- ford, y gracias
al director del museo Ashmolean, D.G. Hogarth, pudo partici- par en las excavaciones
de la misión inglesa en Karkemish (Siria) desde 1910 a 1913. En aquellos
años ya escribió una primera versión de "Los siete pilares
de la sabiduría", perdida después, una narra- ción de
viajes muy alejada de la versión que hoy se conserva. Poco después
de regresar a Londres en 1914 parte hacia el Sinai en una expedición
que, con la excusa de hacer un estudio cartográfico se dedicaría
a espiar las bases y las fuerzas turcas en la zona. Cuando se integre en
el ejército, un año después, pronto será elegido
como el hombre idóneo para llevar a cabo una compleja misión
que le tendría ocuipado tres años: sublevar a las tribus árabes
contra el Imperio Turco. Su espíritu tenaz y apasio- nado, así
como su amor hacia el pueblo árabe le llevaría a una epopeya
mucho más difícil y comprometida que el encar- go inicial de
sus supe- riores. Tal como puede leerse en "Los siete pilares..", sus dudas
sobre el verdadero carácter de la misión empezaron muy pronto.
En realidad él fue consciente siempre de que estaba haciéndole
el trabajo sucio al imperialismo británico para que, una vez derrotados
los turcos en Siria, los ingleses quedasen como dueños de la región.
Por ello en varios lugares del libro aparecen sus remordimientos de con-
ciencia y sus intentos de advertir, de manera sutíl, a los árabes,
así como algunas protestas hacia sus superiores. Cuando por fín,
en octubre de 1917, llega a Damasco, abandonada su vez por los soldados turcos,
intenta proteger a sus amigos los árabes frente a la voracidad colonial
británica, pero al tiempo, la llegada de Allenby unos días
después para hacerse cargo del mando en Damasco le supone un verdadero
alivio, pues le descarga de las responsabilida- des de ejercer un poder que
le abruma y le incomoda.
No obstante, tras su regreso inmediato a Inglaterra luchará, durante
mucho tiempo, por el reconocimiento de la soberanía del pueblo árabe
sobre sus propias tierras. Decepcionado por el rumbo que toman los acontecimientos
en Oriente Próximo, se enrola en diversos cuerpos del ejército
(aviación, tanques, infantería), viaja a la India e incluso
cambia varias veces de identidad, mientras va corrigiendo y mutilando, una
y otra vez, "Los siete pilares". En 1935, caundo ya se había retirado
de casi todas sus actividades, un accidente de motocicleta acabo con su vida. |