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CONSTANTINOPLA Y EL BÓSFORO

La Estambul de los Sultanes

Viajar con un libro en las manos suele querer decir que el viajero desea conocer lo que otros, antes que él, han observado y comentado. El libro más común en estos tiempos que corren es una guía de viajes ilustrada, que, con un gran despliegue de fotografías mediante, sintetiza historia, costumbres, tradiciones y paisaje del destino. Hubo tiempos en los que era el mismo viajero quien hacía su propia sintesis del viaje, e incluso lo ilustraba, a medida que avanzaba en su periplo. De aquellos tiempos donde el turista era una "rara avis" y los viajes tenían fecha de partida pero el retorno dependía de los hados, cuando no había prisa y el viaje era un modo de vida en sí mismo, nos han quedado obras magníficas, que recuerdan un tiempo pasado y unos destinos quizá ya perdidos.

Una de esas obras es "Constantinopla y el Bósforo", de Eugène Flandin. Leyéndola podemos recuperar algo de esos tiempos rememorados y parte de la historia de un destino siempre atractivo, Estambul.

Eugène Flandin era un pintor francés que en 1839 formó parte de la embajada francesa a la corte persa. Llevaba la misión de dibujar los monumentos de la Antigüedad que encontrase en el camino por Asia, y quedó fascinado con la capital turca. Tres años después, una vez regresado a Francia, otra misión oficial, en este caso arqueológica, le llevó de nuevo a Oriente. Ese año de 1842 el eminente arqueólogo francés Paul-Èmile Botta prepara una expedición para excavar las ruinas de Nínive, recién descubiertas por él, y requiere un pintor que plasme en dibujos las frágiles esculturas que están encontrando. La Academia de Bellas Artes elige a Flandin para la tarea.

Ambos viajes le dieron oportunidad de hacerse conocido como un gran pintor (son famosos sus dibujos de las esculturas persas y de los monumentos de Nínive) pero además le permitieron pasar un tiempo en el Bosforo disfrutando de la que él calificaba como la ciudad más bella del mundo.

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El fruto de las dos estancias en Constantinopla son los numerosos dibujos y la atinada descripción de la ciudad y de sus vecinas en los estrechos que llevan al Mar Negro. No ahorra en su relato las menciones históricas relevantes, que ilustran tanto como sus elegantes dibujos, la lectura. Así, con motivo de contar las poblaciones que llegando del Mar Negro se encuentran los navegantes en las bocas del Bósforo, alude auna en el lado occidental llamada Buiuk Dereh "al fondo de la cual se extiende un hermoso valle, sombreado por un inmenso plátano cuya raíz alimenta once troncos, y bajo el cual cuenta la crónica (...) que acampó Godofredo de Bouillon antes de cruzar el estrecho".

Hace gala, en todo el libro, de una buena información, tanto en lo que se refiere a las costumbres y curiosidades de sus contemporáneos turcos como a la historia del lugar, parándose a analizar ambas con afinado criterio. Dice de la situación geográfica de Constantinopla:

"Esa situación única -que dió fama a esta ciudad durante el dominio de los romanos y aumentó sus riquezas durante el de los emperadores griegos, que causó su servidumbre durante el dominio de los turcos, y que en la actualidad la convierte en un objeto de codicia para sus vecinos- no se les había escapado, en tiempos remotos, a aquellos aventureros salidos del Peloponeso que iban a buscar territorios lejos de su patria, ya demasiado estrecha para contenerlos."

Resulta una delicia, para el paladar más viajero, leer el libro y descubrir con sus dibujos y sus palabras, rincones del Bósforo todavía distinguibles y paisajes de Estambul que han perdurado pese a la plana modernidad. De paso, además, pueden conocerse en boca de Flandin, los términos turcos para la mayoría de los edificios y ruinas de la antigüedad que va describiendo. Antes o después de viajar a Estambul esta obra alentará el espíritu del viajero, pero imaginemos lo que podría ser contemplar la ciudad desde lo alto de la torre Galata con hojeando el libro, o caminar por las calles en torno al Gran Bazar o a la Yeni Yami siguiendo la descripción de Flandin.

Una pequeña introducción sobre la figura de Eugène Flandin ayuda a comprender su periplo, las vicisitudes de su vida y las peculiaridades de la geopolítica europea del siglo XIX con respecto a Oriente Próximo y Medio.

 

Constantinopla y el Bósforo. La Estambul de los Sultanes, de Eugène Flandin, prólogo y traducción de Plácido de Prada,
Terra Incógnita, José J. de Olañeta Editor,
Palma de Mallorca, 2001.

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Jesús Sánchez Jaén
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