Pretty Woman
Los anuncios de pasta de dientes, consiga un aliento de pureza glaciar,
o los de espuma de afeitar, sienta la frescura de un glaciar en su
rostro, no sirven de gran ayuda. No importa tampoco cuántas
fotografías o películas hayas visto, cuántos libros
hayas leído o relatos hayas podido escuchar: de ninguna manera estás
preparado para la emocionante y gozosa sorpresa que significa contemplar
por primera vez un glaciar. Es verano y en este glaciar noruego, el Briksdalbreen,
el hielo de la superficie está muy sucio. Como no hace falta decir,
es un detalle que no le resta belleza y me limito a dejar constancia de
que, algunas veces, empezamos fijándonos en detalles estúpidos.
El hielo del interior, sin embargo, es de un delicado color azul, casi
transparente, el azul glaciar. Como el púrpura divino,
es color para miniaturas de fantasía y también para esferas
de relojes de lujo. Como el gris acerado, es color para ojos de
sicario en novela de espías.
Antes
de llegar hasta el final de la lengua de hielo, que termina en un pequeño
lago, hay que subir por un camino empinado y atravesar una impresionante
cascada que es símbolo de bautismo. El
que allí se recibe a poco que uno se detenga, no resulta precisamente
simbólico.

Es
posible -aunque no recomendable- llegar hasta el hielo y caminar sobre
él, y de hecho algunos lo hacen, menos inquietos ante los eventuales
crujidos que asombrados ante tanta belleza. Es el nuestro un glaciar pequeño,
en realidad un brazo de otro mayor, y tiene un cierto aire como de cosa
frágil y vulnerable, pero produce una fascinación extraordinaria,
difícil de describir. Tal
vez el mejor modo de hacerlo sea renunciar al tono documental o al poético
y recordar a Julia Roberts, en su papel de Vivien, con lágrimas
de alegría en los ojos tras haber asistido a su primera ópera:
-¿Le gustó la ópera, querida?
-Joder, casi me meo en las bragas …
La
memoria es curiosa; recuerda
cosas que no valen un pimiento.
PHILIPPE
CLAUDEL
Almas grises
Walking
in Memphis
Como
ya dejó dicho el gran torero cordobés Rafael Guerra Guerrita,
‹‹hay gente pa to››. En cuestión de
viajes, esto se traduce en que unos prefieren ir a su aire y, otros, en
viaje organizado. Aunque nadie lo confiesa, lo cierto es que los niños
suelen aburrirse en las excursiones y en los desplazamientos; salvo contadas
ocasiones, el resto del tiempo lo pasan preguntando cuándo llegamos,
dónde comemos o por qué hay que subir esa cuesta si
el McDonalds queda justo en la otra dirección. Por eso, viajando
con ellos, es preferible la segunda opción: en un viaje organizado
quizá encuentren otros niños o conozcan gente interesante.
Tuvimos suerte en ambas cuestiones. Compartimos viaje con un grupo de italianos
que, lejos de los abundantes tópicos negativos que hacen circular
sobre ellos los franceses, son gente encantadora (para ilustrar este punto,
véase la interesante monografía de Materazzi Lo que realmente
dije a Zidane) y con un grupo de españoles no menos simpáticos
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Pero un viaje organizado también
comporta alguna desventaja que, algunas veces, tiene solución. Un
día, por ejemplo, nos llevaron a dormir a un hotel de montaña
cerca de unas pistas de esquí. Aún siendo bastante acogedor,
aquello en verano está en medio de ningún sitio así
que, después de dar un corto paseo y de cenar, nos preparamos para
hacer un poco de tiempo antes de dormir. Salvo dos músicos búlgaros
(ella al piano y él a la guitarra, lo de la nacionalidad lo supimos
después) y un par de parejas, allí no había nadie.
Vaya, pues no suenan mal…, papá, vámonos ya a acostar,
anda, pero si en esa máquina hay café gratis, que nos
estamos durmiendo…, ¡de aquí no se mueve nadie!,
¿no veis lo bien que cantan?, bueno, pero sólo una canción
más y nos vamos…, y en esas estamos cuando se atreven
con Walking in Memphis y ya nadie quiere irse a dormir. Empezó
a llegar gente: Laura, Alicia, Marisa, Ana, Alba, Emiliano, aquello se
animó y una velada destinada a olvidarse pronto se convirtió
en uno de los mejores momentos del viaje. No hicimos fotos, pero podemos
escuchar la canción y recordar que aquella noche estuvimos allí.
Es un clásico de Marc Cohn (del que han hecho versiones Tony Hadley,
Lonestar, Cher o Billy Joel, por ejemplo) y un homenaje a la rica cultura
musical del delta del Mississippi. La mejor versión es la original
(aunque la de Cher no está mal del todo) y puede encontrarse aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=XrT0gAbRqyw