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TRUJILLO (PERÚ)

El pasado colonial imperecedero

Palacio Ganoza en la Plaza de Armas de Trujillo

Jesús Sánchez Jaén

Publicado: 23 - VI - 2026

Al margen de las avalanchas de turistas que se apiñan en Cuzco y Machu Picchu, apartada de las convulsiones automovilísticas de Lima, la ciudad de Trujillo descansa apaciblemente en los márgenes del desierto norteño peruano, a pocos pasos de la carretera panamericana y escasos kilómetros de la costa del Pacífico.

Fundada en 1534 por Diego de Almagro a orillas del río Moche cumpliendo órdenes de Francisco Pizarro, fue bautizada con el nombre de la ciudad natal del gobernador del Perú, la Trujillo extremeña. Y como ciudad de nueva planta, se diseñó siguiendo la pauta de las ciudades renacentistas castellanas: plaza mayor rectangular y calles que parten de ella en retícula cuadrangular. Los conquistadores españoles disponían de todo el espacio que quisieran para asentar sus palacios, edificar iglesias y conventos para las órdenes religiosas, y casonas para los comerciantes. No en vano habían elegido un lugar casi deshabitado, donde no quedaban más que unas cuantas aldeas de indígenas desengañados del dominio inca, y que debieron recibirles entre sorprendidos y atemorizados después de saber el crimen que los españoles habían cometido con el inca Atahualpa en Cajamarca y el saqueo al que habían sometido la ciudad de Cuzco pocos meses antes.

De aquellas casonas y palacios ha pervivido un buen puñado que mantienen el carácter colonial y muestran la excelencia de un lugar que durante quinientos años ha sido una de las principales ciudades de Perú. Ventanales enrejados, fachadas de colores y portales decorados con gusto destacan en el palacio Iturregui, la casa Calonge, la casa de la Emancipación y sobre todo en la casona Ganoza Chopitea. La casa Ganoza es un compendio de todo el arte urbano de Trujillo de los siglos más importantes del virreinato del Perú. Artesonados mudéjares, portada barroca, ventanas con enrejados dignos del plateresco español. Convertida en un museo, actualmente pueden verse allí exposiciones de arte contemporáneo y muestras de las culturas precolombinas.

En la Plaza de Armas destaca la Catedral, construida a mitad del siglo XVII. Su fachada sobria y más bien recatada contrasta con un interior barroco al más puro estilo colonial.

También en la Plaza de Armas podemos disfrutar de otras mansiones coloniales, en especial de la casa Urquiaga, de estilo neoclásico, sede del Banco Central de la Reserva del Perú, y del hotel Libertador. Y en una esquina de la plaza con Jirón Pizarro el color amarillo pastel de la Iglesia de La Merced contrasta con el azul añil de las casonas.

 

Catedral de Trujillo

 

Iglesia de La Merced

 

Pasear por las calles rectilíneas trujillanas permite disfrutar del encanto de una ciudad tranquila, amable, casi podría decirse que sonriente a los visitantes. Cafés, tiendas de alimentación, y los inevitables restaurantes que crecen al calor del turismo no alteran la quietud que se respira al atardecer en sus plazas.

Trujillo puede parecer un lugar modesto en cuanto a tamaño, con un atractivo muy limitado para quien lo visita por primera vez, pero un simple vistazo a la historia que rodea la ciudad nos permitirá salir de ese engaño. Fuese por casualidad o de forma intencionada, la Trujillo de Pizarro y Almagro está enclavada en un entorno plagado de asentamientos religiosos y urbanos de los principales pueblos precolombinos de la costa. Pirámides de la civilización moche, la ciudad capital del pueblo chimú, y lugares de enterramiento de ambos pueblos cubren grandes extensiones de la tierra árida que se extiende por las dos orillas del río Moche.

El lugar más visitado es el centro ceremonial y funerario de las pirámides del Sol y de la Luna. Estás estructuras, que los peruanos llaman «huacas», son dos construcciones escalonadas de ladrillos de adobe separadas por una gran explanada. La mayor de las pirámides, la del Sol, mide 280 m de largo por 136 m de ancho. Sus terrazas escalonadas se elevan hasta una altura de 45 m. La de la Luna es un poco más modesta, pero la altura es casi la misma que la de el Sol. Ambas estuvieron en uso entre los siglos III y VII. En su interior ambas «huacas» contienen salas decoradas, tumbas de personajes de la clase dirigente mochica, pasadizos y corredores con frisos de relieves policromados. Al adentrarse en esos pasadizos y salas decoradas procedentes del árido exterior, uno tiene la sensación de haberse transportado no solo diez siglos atrás, sino quizá a un mundo paralelo.

Para hacerse una idea de la masa que supone cada una de las dos pirámides, valga decir que la del Sol está formada por unos 134 millones de ladrillos y la de la Luna por 50 millones. Ninguna de las dos se construyó de una vez, sino que sus diferentes plataformas fueron escalonándose según nuevas generaciones de los gobernantes del pueblo moche abandonaban una y construían otra encima, rellenando con nuevos ladrillos las salas, pasillos y habitaciones la inferior. Una serie de rampas laterales comunican cada una de las terrazas con las de los pisos inferiores. La pirámide de la Luna, la única abierta a las visitas, muestra relieves pintados de dos de las principales divinidades moches, el dios Ay Apaec, divinidad suprema y de la guerra, y el Degollador, un personaje siniestro dedicado a ejecutar a los enemigos.

Representación del dios Ay Apaec en la pirámide de la Luna

En el lado norte del valle del río Moche, de camino a la pintoresca localidad costera de Huanchaco, al visitante curioso se le ofrece la oportunidad de conocer la otra gran civilización pre incaica de la región de Trujillo, la chimú. Hacia el año 1100 en la región norte de Perú se produjo la sustitución del Imperio Wari por varios grupos de estados pequeños que volvieron a las tradiciones de las culturas regionales. Los wari eran un grupo de población originario de las orillas del lago Titicaca que en el siglo VIII habían sometido por la fuerza a gran parte de las culturas regionales. Su imperio desapareció, por diversas razones, en torno al 1100. Como si fuese una sucesión de dinastías gobernantes, uno de estos estados pequeños que sustituyó a los wari, probablemente heredando la tradición cultural moche, estableció su capital en una explanada al norte de Trujillo. Se trata de la civilización chimú y de la ciudad Chan Chan.

Friso con relieves de nutrias marinas, patio del palacio Tschudi, Chan Chan

Esta urbe, construida en el siglo XII en adobe, ocupa una extensión de 14 km2, de los que solo está accesible una pequeña parte correspondiente a algunos de los palacios de los gobernantes. El resto forma una extraña planicie de colinas y lomas de adobe semiderruidas por los efectos de las lluvias torrenciales de El Niño y llenas de hoyos hechos por los buscadores de tesoros. La carretera de acceso al área arqueológica corta la ciudad por la mitad, lo que permite apreciar esa extraña mezcla de barro reseco, cavidades siniestras y desierto costero.

El palacio principal de Chan Chan, conocido como ciudadela Tschudi, ha sido restaurado con mimo y permite al visitante comprobar la excelente calidad constructiva y decorativa de los chimús. Una gran plaza ceremonial da la bienvenida al visitante. Sus muros, conservados solo hasta la altura de un metro aproximadamente, están decorados con relieves de nutrias marinas esquemáticas. Olas, peces y pelícanos completan la decoración de las salas que aparecen a continuación. Un observatorio astronómico muy simple, una gran cisterna y una zona de enterramientos completan la visita.

En Chan Chan hay otros ocho palacios de características similares al Tschudi. Se supone que cada uno de ellos perteneció a una dinastía de gobernantes, que mantuvieron el poder en el reino Chimú durante trescientos años, hasta la llegada de los Incas.

En las inmediaciones de Chan Chan se pueden visitar dos pirámides ceremoniales de la misma cultura, la Huaca Arco Iris y la Huaca Esmeralda. En la primera pueden verse unos curiosos relieves de serpientes-dragones devorando a hombres y un arco iris esquemático. En la segunda aparecen de nuevo las nutrias marinas del palacio Tschudi, quizá un recuerdo del héroe mitológico fundador del reino chimú, Tacaynamo, un personaje que llegó del mar para expulsar a los waris y establecer a su pueblo en el valle del río Moche.

Una visita a Trujillo y sus alrededores lleva, inevitablemente, hasta la playa de Huanchaco, donde se conserva la tradición de construir pequeñas balsas con una variedad de juncos llamada totora. Y dónde además es posible disfrutar de uno de los mejores cebiches de Perú.

 

Balsas de Totora en la playa de Huanchaco

 

Altar ceremonial en la complejo Dama de Cao

Si el viajero dispone de más de un día en Trujillo, o va a viajar por carretera a Chiclayo, en el norte, encontrará el remate final de la cultura pre incaica en un estupendo enclave arqueológico, el complejo de El Brujo. El complejo consta de tres huacas o pirámides, huaca Prieta, Cao Viejo y huaca Rajada. Las dos últimas corresponde a la cultura moche, la misma civilización de las pirámides del Sol y de la Luna. En la llamada Cao Viejo se encontró el cadáver momificado de una mujer de la realeza que fue enterrada con un magnífico ajuar de joyas, piedras preciosas y objetos ceremoniales. Se supone que la pirámide fue utilizada como templo o residencia hasta la muerte de esta mujer, momento en que se reutilizó para su tumba. En algunas de las salas se han encontrado pinturas y relieves de gran calidad, con representaciones de prisioneros, soldados y el dios Ay Apaec. El complejo El Brujo se encuentra separado de la línea de la costa por unos cuantos kilómetros, en medio de la árida llanura pedregosa que forma el desierto costero del norte peruano. La huaca de la Dama de Cao, o Cao Viejo, ha sido protegida por una gran estructura en forma de vela o toldo que preserva sus relieves y pinturas del viento del desierto y de las lluvias torrenciales que acompañan al famoso fenómeno meteorológico de El Niño. La huaca Rajada, contemporánea de la Dama de Cao, es mucho más pequeña y no visitable. En su lugar puede verse un pequeño museo de sitio que permite entender las conclusiones que hasta ahora han conseguido los arqueólogos.

 

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